Este fin de semana me visitó el primer fantasma de la navidad: la nostalgia por el paraíso perdido. Triste y nostálgica pensé en John Milton, y no me refiero a la nueva imagen del hipnotismo que ha hecho las delicias con su espectáculo durante años por aquí, sino al autor de "El paraíso perdido", pero no me decidí a leerlo. No me apetecía nada, ni bailar, ni escuchar música, ni tomar helado, ni mirar albumenes fotográficos, tampoco visitar las tumbas de mis gatos. Nada.
Luego de mirar durante horas el techo de mi habitación, me dio por tomar un pañuelo rosa perfumado y ver “Lo que el viento se llevó”, como tantas otras veces en que esa nostalgia indefinida me atrapa. Empapé mi pañuelo de saladas lágrimas por un paraíso de damas y caballeros que nunca he tenido. Entonces, ¿por qué siento la pérdida? Un paraíso rodeado de un infierno en campos de algodón, porque así como sin caballero no hay dama tampoco hay paraíso sin infierno, donde un lindo vestido de una hija de un Lord valdría 1001 mujeres desnudas, puede ser que más. Además esto todavía existe, ¿y el paraíso dónde estará?, en la revista Cosmopolitan, seguramente.
También leí algunos cuentos de Faulkner, algo más de épica moribunda, honor, valentía, lealtad… amor eterno e inolvidable (¡me olvidé de Juan Gabriel!), todo eso sólo por variar, aunque fuera por unas cuantas horas, y de ese modo sentirme pesada porque he comido demasiada lechuga y poca grasa durante la semana.
Para sacudirme la nostalgia debí tomar el sol, como aparece en esa imagen Don William Faulkner, y olvidarme de este mundo podrido que pronto, muy pronto, en el 2012 se va acabar, si ya lo decían los mayas. Sí, al diablo con este mundo de “igualdad” para hombres y mujeres, donde -¡pobres de nosotras!- tenemos que usar, entre otros muchos artefactos de defensa, aretes de estrellas ninja, porque nos exigen ser leonas despiertas a la vez que remilgadas princesas, tal como la princesa de mi cuento preferido, la que no tenía dinero suficiente para pagar el alquiler de su torre.
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