3 dic 2009

No existe

Reminder:
No debería de poner maldiciones.

Debí desmayarme dos o tres veces antes de que dejara de pisarme.

Abrí los ojos y sólo logré ver una borrosa silueta de mi propia mano. No distinguí nada más. Cerré los ojos y supongo que dormí (me desmayé) de nuevo. Volví a despertar y me sostuve de un trozo de asfalto desprendido, para poder levantarme.

Miré alrededor. Tropas de una denominación de la que no me acuerdo ni me interesa acordarme evacuaron tantas personas como pudieron. La ciudad era un caos. Se distinguía plenamente la ruta que siguió.

Busqué mi espada y la encontré clavada entre las piedras. La desenterré e intenté volar. Lo logré, me sentía mejor. Me aproximé hasta una compañía de salvamento y evacuación y les pregunté por lo sucedido. Contestaron mis preguntas y curaron algunas de mis heridas, sin que les pagara. Sus informes indicaban que había marchado hacia la costa y nadie le había opuesto resistencia. Tuve la necesidad de preguntar por mis compañeros, pero supuse que todos estaban tomando un descanso ese día, como yo, hasta que llegó este tipo.

Santa Clos buscaba el mar para poder hundir ciudades costeras y crear ciclones a su antojo. Volé hasta donde inteligencia lo ubicaba.

Recién pasé las montañas de la sierra, esperando verlo en la llanura, me sorprendí al verlo bajar deslizándose entre la montaña, en un tamaño mucho menor. Era una buena oportunidad de ataque y no había sido detectado. Creí que no había sido detectado. Me aproximé hacia él lo más rápido que pude y lo ví arrojar algo a lo que no le di importancia. Tenía mi campo de visión cortado, porque las enfermeras de la compañía de evacuación me vendaron la cabeza completa para detener una hemorragia del ojo. Sentí un horrible golpe en un costado, acompañado de un jalón hacia abajo y caí en espiral hasta la falda de la montaña. Lo que el bastardo arrojó era su gorro, y vino a atacarme a mí como un boomerang, francamente no me lo esperaba.

Me levanté sorprendida e inmediatamente lo busqué, esperando verlo bajando la montaña, pero utilizó el viejo truco de brincar encima del oponente. Lo detecté. Me moví. Había aumentado su tamaño de nuevo y simbró todo el desierto al caer. Le lanzé su propio gorro y él lo capturó alegremente. Le corté la sonrisa con la espada, transversalmente. Levantó la cabeza como reflejo de querer esquivar el golpe. Ya no había porque ser clemente con él, aunque realmente quería serlo. Bajó la cabeza, me miró y me dió un golpe con el puño cerrado bastante rápido. Me movió, pero lo detuve. Tomé su dedo con mi mano y lo lancé por los aires. Dios bendiga al RedBull. Lo ví caer y pasé mi espada por toda su columna mientras caía y estuve a muy poco de que me cayera encima. Lo esquivé como pude y lo ví caer. Lo ataqué como atacaría a un humano pero olvidé que era un monstruo y olvidé también que era un monstruo humano.

Su poder decrecía. Se levantó sintiendo dolor como era de esperarse y gritó con furia, usó energía para regenerar sus vértebras pero una columna de ese tamaño requiere mucha energía para reponerse, así que su tamaño disminuía conforme sanaba su herida. Calculé 24 metros al terminar su regeneración. Era menor y era controlable. Atribuyo el desgaste de energía a todo el desmadre que hizo además de la sanación de sus heridas. Aún seguía siendo peligroso. No podía subestimarle. Me acerqué a él y le hablé.

Mi oferta era una tregua a cambio de que se marchara. No aceptaría. No tenía porque aceptar. Quedaría en desventaja, además aún podría ganar la batalla. Bajó la cabeza y articuló un "Sí". Lo acepté. Mintió. Recién buscaba la manera de contactar a Nick Fury cuando giró su cabeza violentamente y me golpeó con su gorro. No me derribó pero el dolor fue horrible y además asestó un segundo ataque, que detuve tomando el gorro. Estaba harto de sus juegos. Jalé el gorro hasta mí y su cabeza lo acompañó por inercia, recibí su cabeza con un golpe concentrado y notó que ya no estaba jugando. Tomé la espada, moví lo más que pude su cabello, levantó su cabeza y ataqué su yugular. El viejo sintió el corte y dió algunos pasos hacia atrás. Me sorprendí. Sentí que exageré un poco. Pensé que fingía, pero me dí cuenta que no lo hacía cuando comenzó a correr hacia la costa como loco, sólo miraba hacia abajo y sujetaba su cuello con una de sus manos. Volé detrás de él. Me sentía como el niño que rompe un florero jugando dentro de su casa y espera el regaño de sus padres. Apresuré el vuelo e intenté alcanzarlo, me repelió con un manotazo y sentí debilidad en su mano. Corrió más rápido. Aún conservaba el gorro en mi mano, enorme, y ví con asombro como redujo su tamaño. Sentí una brisa. No llovía. Fue extraño. Me percaté de nuestra posición cuando un buque de guerra abrió fuego contra el viejo. Un disparo de torpedo hizo que cayera al agua y noté que su sangre tenía el mar de rojo.
Comprendí entonces lo certero del corte. Se desangraba. No fue mi intención.

La marina fue implacable en su ataque. El viejo sólo los hizo a un lado y siguió caminando. Lo seguí. Buscaba hundirse en el mar y lo logró.

Antes de hundirse recordó viejos y buenos tiempos navideños. Volteó a verme y me preguntó: "¿Tú eres el niño que nunca quiso los cigarrillos verdad...?" Le contesté con sinceridad: "No señor, yo siempre los tomé." El sonrió y dijo lo último que le escuché decir: "Jo...". Se hundió en el mar tranquilamente y no volví a verlo.

Antes que nada, quería que supieran porqué lo hice.
Antes que eso, quiero que sepan que no quería hacerlo.

Sí niños, Santa Clos no existe, yo tuve que matarlo.

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